Istvansch - Ilustrador, diseñador y escritor.

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Entrevista de Nora Lía Sormani para La Valijita

Todos podemos dibujar

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Nora Lía Sormani, texto completo de la entrevista a Istvansch, para El ABC de los chicos. Suplemento para padres y maestros (revista La Valijita de Billiken. N° 76, febrero de 2010, Buenos Aires, Editorial Atlántida, p. 4)


La Valijita. ¿Cómo surgió la propuesta de hacer este libro?

Istvansch. Trabajo en talleres con chicos desde los 18 años. La idea de hacer un libro con los juegos y consignas que se me ocurren para estimular la creación de dibujos rondaba en todo momento, pero sólo quedaba en anotaciones que iba tomando, pues no le encontraba la forma. Hace más o menos un año, jugando con mi sobrino (a quién le dediqué el libro), se me ocurrió un corpus de juegos que intuí que le daban forma a ese “algo” que había estado buscando.
Unos meses después, inventé un juego para otra cosa que nada que ver y…fue una iluminación, un rayo directo a la cabeza… entendí qué era lo que me faltaba para consumar esa vieja idea. Tomé un cuaderno de hojas blancas y en ocho horas de escribir y dibujar sin parar, saqué de un tirón todo el libro (sí, tal cual, la imagen del escritor romántico que escribe febrilmente inspirado por las musas que danzan a su alrededor, así fue).
Pedí reunión en la editorial para mostrarlo al día siguiente. Se aprobó de inmediato. En dos meses reescribí y reordené los juegos buscando ajustar la dinámica general de todo el libro, e hice los originales. Entregué y entró de inmediato en producción.

L.V. ¿Qué lugar ocupa el lector en el libro?

Is. Es un autor más. Su lugar es totalmente activo. El libro juega con la invitación a que cada lector pueda generar más juegos a partir de los que ahí están; que se puedan inventar otros a partir de las trampas (de hecho así lo puse en la dedicatoria: muchos juegos surgieron de hacer trampas a las reglas de juego y crear así nuevas reglas de juego); que el libro se intervenga, se escriba, se dibuje, se manche, se garabatee, pero además que los juegos traspasen el cuerpo editado y se reproduzca en hojas sueltas. Son juegos ideales para hacer más allá del libro, para adoptar como propios y jugarlos en cualquier lado, en días de lluvia, en el recreo, en las siestas. Son juegos que se pueden jugar incluso con tizas y el piso a modo de papel.

L.V. ¿Por qué todos podemos dibujar si hay mucha gente que dice que lo hacemos "muy mal"?

Is. Este es un libro para todo público, no sólo para chicos. Son sobre todo los adultos los que, ya mediatizados y frustrados en su capacidad de dibujo, dicen con frecuencia “yo no sé dibujar ni un arbolito”. Esa expresión fue una de las principales inspiraciones que, por oposición, me llevó a darme cuenta de lo que quería hacer: un libro en donde se demuestre que a partir de formas básicas como el punto, la línea y el garabato, todos podemos dibujar.
Siempre tuve la sensación de que los libros para dibujar y colorear (aún los más alternativos e interesantes, que son pocos, pero los hay), suponen que el lector no le tiene miedo a la hoja en blanco y que se va a animar sin vergüenza a aventurarse con el lápiz… pero en el mundo del dibujo es muy común que el dibujante sea evaluado o burlado, y eso lleva a la frustración del propio poder de comunicación a través del dibujo, al temor a la hoja en blanco, a la vergüenza ante la propia creación gráfica y plástica.
Entendiendo esto, me propuse hacer juegos que partan de formas simbólicas que nadie puede decir que no sabe dibujar (nadie diría que no sabe hacer una raya o un garabato). Con esas formas básicas se puede construir todo, pues el mundo no se construye a partir de formas complejas, sino de formas primarias. Ergo, todos podemos dibujar combinando esas formas.
Sé que postulo una posición controversial: la visión del universo como algo abstracto y, desde ahí, cien por ciento representable por cualquiera. Lo figurativo es una construcción social, estamos acostumbrados a ver las cosas desde lo figurativo. Pero es que todo lo figurativo se compone primero de formas simples (punto y línea frente al plano, diría Kandinsky). Es usual mirar el mundo como algo “realista” pero ¿qué pasa si miramos de cerca las cosas? (cerca, bien cerca, en primerísimo plano) una raya es la metonimia gráfica de una mesa; una superficie de puntos es la tela de un vestido; un plano de color, la pared de una casa. Visto de esta manera, todo se vuelve abstracto, el mundo no es figurativo, sino abstracto. Es a partir de estas formas simples que se desarma el condicionamiento social de “dibujar bien”: nadie dibuja “mal” una raya. Apelo a eso para romper con la frustración y lanzarse a (re)descubrir la capacidad de dibujo. Me gusta pensar este libro como un manifiesto, por eso quise empezar y terminar el libro con frases como: “Si piensas que no sabes dibujar, haz un garabato aquí. Ese garabato es un dibujo. Entonces sabes dibujar” -se lee en la primera página-; “porque (te voy a contar un secreto) para dibujar… no hace falta saber dibujar”-se lee en la página final.

L.V. Los disparadores propuestos por vos para estimular la mano del lector a lanzarse a la aventura de dibujar son muchos y muy variados. Contanos cómo surgieron algunos de ellos.

Is. Fue una experiencia muy divertida.
Te cuento una que viví en aquel momento con Santiago, mi sobrino de seis años: me pidió que le dibuje un cocodrilo en línea negra para colorearlo él. Para comenzar a hacerlo tomó el color verde. Yo le dije que por qué suponía que el cocodrilo tenía que ser verde y él contestó que porque ese es el color de los cocodrilos. Yo repliqué que ese que estaba dibujado ahí, por el momento, era blanco y que, por la forma, nadie podía negar que fuera un cocodrilo… entonces le sugerí que lo pintemos de cualquier color, para eso había que cerrar los ojos y tomar un lápiz sin saber qué color se estaba tomando; ponerlo sobre la hoja y pintar contando hasta veinte; después repetir la operación con otro color. Así creamos un cocodrilo multicolor que, a partir de ese momento, existió en esa hoja.
Fue un momento sublime y sentí que daba en la tecla. Lo de cerrar los ojos para tomar el lápiz me llevó a la idea de pintar con los ojos cerrados. Fui anotando todas estas ideas mientras las jugaba con Santiago.
Más adelante reflexioné que esas estrategias desarticulaban el típico concepto recalcitrante de los libros para colorear (que llegan al extremo de poner el modelo terminado, como si las cosas tuvieran colores predeterminados). Eso me animó aún más: quería hacer un libro para colorear que revierta el lugar común de los libros para colorear… Es mi naturaleza: me gusta meterme con esos géneros extremadamente estandarizados; jugar con el muy posible prejuicio del lector, tan acostumbrado a la previsibilidad de un género, y apelarlo, movilizarlo, desconcertarlo, ponerlo de frente a una propuesta que, sin salirse del género, le obligue a cambiar la cabeza.

L.V. El libro, por la creatividad de las propuestas, invita a compartirlo con otros, a charlar, a divertirse y reírse con otros. ¿Qué rol creés que jugarán los papás?

Is. Papás, tíos, abuelos, docentes, adultos en general están intrínsecamente invitados a usar el libro a la par de los niños. Creo que es un libro para todas las edades, para compartir en familia. Creo que puede jugarse entre chicos, entre chicos y grandes, entre grandes. Temo incluso que los adultos se lo terminen robando a sus hijos…

L.V. A partir de este libro existirán muchos más objetos, nuevos objetos, creados por cada niño que dibuje, pero además, existirán nuevos dibujantes, ¿no temés tener mucha competencia?

Is. ¡Enhorabuena! Ojalá montones de chicos y grandes destraben su capacidad para el dibujo, sólo que no creo que eso genere competencia, sino alegría. Romper con trabas creativas no puede sino llevar a que la gente esté mejor y ¿qué más deseable para ser feliz que vivir entre pares felices?

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