Istvansch - Ilustrador, diseñador y escritor.

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Entrevista de Marisa Rojas para Planetario

El de los dibujos esenciales

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Ilustrador, diseñador, escritor y editor, Istvansch hace de lo diferente su sello. Miembro fundador del Foro de Ilustradores, también es investigador y docente. En su más reciente libro sostiene que ‘todos podemos dibujar’.

Por Marisa Rojas - Planetario


Istvansch y Claudia Rueda - Imagen: María Aramburú

Para comenzar esta charla, una pregunta curiosa. Te conocimos como Istvan, pero de un tiempo a esta parte tu firma cambio por Istvansch, ¿por qué?

Mi nombre es de origen húngaro, es el nombre más común de Hungría, es como llamarse Juan acá, un nombre corto y simple. Cuando Internet se popularizó si ponías Istvan en un buscador aparecían montones de húngaros; era muy difícil encontrarme y encontrar mis libros. Así que opté por agregar parte de mi apellido –Schritter- al nombre, así se armó ese seudónimo lleno de consonantes que es Istvansch.

Hablemos de tus comienzos como dibujante, ¿cuándo, cómo y por qué te descubriste ilustrador?

Todo comenzó en San Jorge, el pueblo de Santa Fe al que mis padres se mudaron desde Madrid cuando yo tenía un año y medio y donde me crié. Fue desde siempre creo. Yo tuve mucho estímulo de mi familia, pero también en la escuela y en el pueblo. Tengo una anécdota de mi infancia que es muy linda. Porque generalmente el chico que no juega al fútbol es el raro; y yo nunca jugué a la pelota, pero nunca fui dejado de lado. Cuando mis amigos jugaban, yo me iba con mi tablero y los dibujaba. De repente, el partido se detenía y todos venían a ver cómo iba el dibujo, y después continuaban. Una cosa muy rara que revaloricé cuando me di cuenta del poder de inclusión que tiene eso. De adolescente hacía historietas. Empecé a los dieciséis años en la revista Hortensia, en Córdoba, también publiqué en El Litoral de Santa Fe, gané unos concursos que organizaba el diario, y entonces conocí a Quino, a Fontanarrosa y a Sergio Fasola. Ellos fueron los que viendo mis dibujos me dijeron que podían ser buenos para libros para chicos. Fontanarrosa me dio los contactos para ver a Laura Devetach y Gustavo Roldán, de Colihue, y después ellos me dieron el contacto de Graciela Montes que estaba en El Quirquincho. Ahí empezó todo.

¿Qué recuerdos tenés de tus primeros dibujos?

Eran historietas de humor, muy, muy oníricas, surreales; los personajes tenían largos pelos de colores y vivían en mundos totalmente mágicos llenos de cosas lindas, de seres del aire… y había color, mucho color. Los guiones también eran míos. Yo no veía nada de televisión pero sí leía, muchísimo. En mi casa siempre hubo montones de bibliotecas, y leía mucha ciencia ficción, libros de arte, bueno… leía todo lo que me caía en las manos, lo mío no tenía, tal vez por eso, nada de estereotipo.

¿Y cuál fue tu reacción cuando te sugirieron que esos dibujos podían ilustrar libros para chicos?

Yo no había pensado en eso. Pero yo quería publicar. Laura, Gustavo y Graciela me dieron el espacio y un libro para ilustrar cada uno, y me dije: “ok, voy a hacer esto”. Al hacerlo descubrí el territorio del libro y me enamoré aún más del libro. Me gustó mucho, primero, que el libro no era efímero como lo es una revista que desaparece: el libro va a la biblioteca, y mi relación con las bibliotecas siempre fue muy íntima. Por otro lado, el libro es un objeto único, mientras en una revista cada ilustrador tiene un fragmento.

¿Cómo viviste esos primeros tiempos como ilustrador de un texto creado por otro?

El primer libro que hice me lo dio Graciela, fue El bramido rutilante, de Víctor Iturralde Rúa. El segundo lo hice para Colihue, se llamaba La mesa, el burro y el bastón, una versión del cuento de los hermanos Grimm de Laura Devetach que ilustré con un tipo de dibujo muy Asterix, lo que no se identifica conmigo para nada. Pero yo siempre viví eso como ‘mío’. Siempre me sentí autor de lo que dibujaba porque me parecía natural serlo. En aquel tiempo el debate por la autoría del ilustrador no estaba para nada instalado, por supuesto. Creo que por eso después fui uno de los portaestandartes en instalar el tema. Se pensaba que la idea la pone el texto y por eso autor es el que escribe, cuando en realidad eso es una casualidad. Para mí siempre fue obvio entenderme como autor-ilustrador, porque uno como ilustrador está dentro del libro y es autor del libro tanto como el escritor.

¿Cómo se construye esa relación entre estos diferentes tipos de autores?

Bueno, a veces es conflictiva, a veces para nada. Yo he tenido experiencias de todo tipo. Actualmente trabajo con escritores con los que ya nos conocemos y sabemos cómo funcionamos. Igual, en esos momentos en donde podía llegar a haber algún tipo de conflicto, nunca me dediqué a cerrar puertas, siempre fui muy didáctico y aposté a conversar todas las ideas. Entre lo que el escritor escribe y lo que el ilustrador dibuja hay una lectura del segundo de la obra del primero. Yo siempre entendí que mi rol era explicar, explicar y explicar cómo el hacer eso significa un bien leer lo del otro. El problema, que ahora pasa mucho menos, es cuando el escritor no tiene mucha conciencia de lo gráfico y tiene productos del imaginario propio, que es el del discurso de la letra. Yo digo que hay que dejar libre al ilustrador para que haga lo suyo. Especialmente en la literatura infantil.

¿Cuál es la función de la ilustración en los libros infantiles, si es que puede hablarse de ‘una’ función en especial?

No diría que la ilustración está especialmente para algo, pero sí que el error es pensar que simplemente tiene que ilustrar. Puede sólo ilustrar, pero no es esa su única función. Puede crear nuevos discursos, puede decir cosas que el texto no está diciendo y proponer así un juego con el lector.

A propósito de jugar, ¡‘(Piedra), papel y tijera’! ¿Cuándo y por qué comenzaste a dibujar con papeles?

Mmm, a ver… Yo puedo trabajar con cualquier material, he trabajado con cualquier cosa, pero desde siempre preferí materiales que no fueran líquidos, que no hubiera que ensuciar pinceles, que fueran directos. Eso de mezclar materiales, lavar pinceles, que se te termine el color y haya que volver a hacerlo me aburrió siempre mucho. Prefiero lápices, fibras, crayones, cosas que uno las agarra y ya hacés, se terminan y agarrás otras y seguís. Mis primeros trabajos fueron hechos con fibras, un material que es bastante difícil de manejar, de tozudo nomás. Pero cuando me vine a vivir a Buenos Aires, entré en crisis con las fibras que era ‘mi material’, y buscando uno nuevo encontré los papeles. Y me encantaron.

Curiosamente, tanto las fibras como los papeles, por el uso de la tijera, no son herramientas ni técnicas muy usuales…

Y, sí. Yo siempre me meto en los lugares que producen algún tipo de controversia. Me gusta no sólo el desafío sino desafiar, ese es el tema; buscar la forma de hacer distinto todo eso que está socialmente estereotipado, romperle la cabeza a la gente, hacerla pensar, mostrarles el reverso de la medalla.

¿Qué diferencia hay entre publicar en el exterior y hacerlo en la Argentina, en lo que al mercado en general y al público infantil en particular, se refiere?

Con respecto a los niños, creo que no hay tanta diferencia. Los adultos inventan las diferencias. Es común que un editor de afuera diga: “No, los chicos de mi país no van a entender tal o cual cosa”, y eso me suena a una falacia inventada para salir del paso. Los chicos entienden todo en todos lados, después son las instituciones las que los van frustrando. Los adultos son los que están llenos de prejuicios y más aún en los países desarrollados donde los mercados son muy competitivos y se busca lo que supuestamente es garantía de venta, lo que está muy cerca de repetir estereotipos. Mientras que en nuestro país, en toda Latinoamérica tal vez, hay más apertura para hacer cosas locas. En dónde sí hay diferencia es en la cotidianidad, porque uno hace representaciones del mundo en que vive, y el mundo cotidiano de un chico de Tokio no es el mismo que el de un argentino, claro.

¿Y cuál es la situación de los ilustradores argentinos en relación a otros países, sobre el tema derechos de autor?

Acá se ha hecho un trabajo muy importante a partir del Foro de Ilustradores, pero falta. En España, por ejemplo, están súper organizados: el mercado de la ilustración en su totalidad tiene leyes propias, se trate de ilustradores de libros para chicos, de historietistas o de tatuadores. Los derechos de autor están legalizados, están estipulados los porcentajes. Acá falta terminar de armar lo que sería una ley aunque el Foro ha hecho bastante. En Argentina, antes del Foro no había nada. Los derechos de autor eran sólo para el escritor, el ilustrador cobraba su trabajo una sola vez, y listo. No había conciencia del espacio de autoría del ilustrador en la obra.

Una última pregunta sobre un deseo: ¿Hay alguna obra, situación o canción que te gustaría ilustrar y tengas como pendiente?

Algo que para mí sería genial ilustrar, y especialmente para chicos, es el poema de Poe, El cuervo, me parece lo más, es fundante. Me gustaría ilustrar eso y para chicos, porque eso es para chicos.


Uno (para) que dibujemos todos

Todos podemos dibujar, es el título del libro de Istvansch que A-Z editora publicó hacia fines del 2009, un libro que propone hacer volar la imaginación a niños, niñas, adolescentes, adultos y a toda la familia. Es, fundamentalmente, un libro para dar por tierra con ese viejo y excluyente prejuicio que dice que para dibujar hay que tener talento. “Estoy totalmente en contra de eso. Creo absolutamente que todos podemos dibujar, por eso hice este libro”, destaca su autor.

Para Istvansch: “Todos nacemos con todas las capacidades, entre ellas, la de dibujar. Después la vida avanza y nos van pasando cosas que generan que ciertas capacidades se caigan, se frustren, no se desarrollen, por vergüenza o porque alguien alguna vez dijo algo que nos generó frustración. Yo apelo a ese momento previo a la frustración que todos tenemos. Lo que traté en este libro es de demostrar que a partir de los símbolos básicos se puede dibujar”.

Todos podemos… parte del garabato, de la línea, del punto, en palabras del autor: “Dibujos que nadie puede decir que no sabe hacer. Porque cuando te dicen ‘dibujá’, en realidad te están diciendo: ‘dibujá un arbolito, dibujá una casita, dibujá una cara’, cosas para las que tenés que tener algún saber, porque el que lo dice presupone una forma determinada de árbol. Hay un imaginario social respecto de lo que es el dibujo, que es que el mundo, primero, es figurativo y segundo, tiene ciertas proporciones que hay que respetar. Hay que romper con la idea de la proporción porque el mundo no es proporcionado. Las formas básicas del mundo son abstracciones, símbolos totalmente primarios, y no tienen proporción. Por eso hice Todos podemos…, un libro para dibujar y colorear distinto, donde se invita a dibujar con los ojos cerrados, o a partir de la casualidad, donde no importa el color, donde no hay espacio definido, y hay actividades para compartir, para tomar conciencia que las cosas tienen representaciones distintas; contra todo compromiso con el dibujo y con el arte. En ese sentido es un libro punk. Y es un manifiesto. Empieza diciendo: ‘Escribe tu nombre aquí. Si no sabes escribir tu nombre, haz un dibujo aquí. Si piensas que no sabes dibujar, haz un garabato aquí. Ese garabato es un dibujo. Entonces sabes dibujar’. Y termina diciendo: ‘...y el universo está en tu lápiz, está en tu mano y puedes dibujarlo. Porque (te voy a contar un secreto) para dibujar… no hace falta saber dibujar’. Creo que eso es así, absolutamente”.


Planeta Istvansch

Istvansch (Istvan Schritter) nació en Madrid el 8 de octubre de 1968. Hijo de argentinos, se crió en San Jorge, provincia de Santa Fe y vive en Buenos Aires desde que siendo adolescente, incentivado por Quino y Fontanarrosa, comenzó a ilustrar libros infantiles para las editoriales Colihue y El Quirquincho.

Acérrimo defensor de los derechos de autor de los ilustradores, es miembro fundador y actual integrante del Consejo de Ancianos del Foro de Ilustradores (www.forodeilustradores.com.ar).
Ha publicado obras en el país y en el exterior, en México, Venezuela, España, Francia, Suiza, Estados Unidos y Corea, entre otros países. Premiado por ALIJA en 1992, 1995, 1996, 1999 y 2004, fue candidato argentino al premio Hans Christian Andersen en 2002 y 2004; también fue galardonado en Colombia y en París.

Investigador en el campo de la ilustración, es docente y autor de artículos sobre el tema para revistas especializadas y del libro de ensayos La otra lectura. Las ilustraciones en los libros para niños (Lugar editorial, 2005). Editor-director de las colecciones “Libros-álbum del Eclipse” y “Pequeño Eclipse”, de Ediciones del Eclipse, entre sus publicaciones se cuentan La mesa, el burro y el bastón, con textos de los Hermanos Grimm en versión de Laura Devetach para Colihue (1988); Amoríos, Caballito al viento, De golpe y Palabras, de la colección "Fefa es así", escrita por María Teresa Andruetto para Altea (1994); Ideas claras de Julito enamorado y Leyenda ugandesa, con textos propios para Grupo Editor Norma (2000 y 2001, respectivamente). Su más reciente publicación es Todos podemos dibujar, editado por A-Z (2009).

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